Antes que Mesopotamia existieron proto-signos, un nuevo estudio os obliga a revisar el origen de la escritura.

Clara Rodríguez-Piñero · The Lattix Project · Febrero 2026


En febrero de 2026, Proceedings of the National Academy of Sciences publicó un estudio que debería haber provocado un terremoto disciplinar. El lingüista Christian Bentz (Universidad del Sarre) y la arqueóloga Ewa Dutkiewicz (Museo de Prehistoria e Historia Temprana de Berlín) analizaron más de 3.000 signos grabados intencionalmente —líneas, puntos, muescas, cruces, formas en V, estrellas— sobre 260 objetos muebles del Auriñaciense (43.000–34.000 años antes del presente). No intentaron descifrar qué significaban. Hicieron algo más peligroso: midieron cómo se comportaban como sistema.

Usaron algoritmos de clasificación (perceptrones multicapa, k-vecinos más cercanos), mediciones de entropía, tasas de repetición y ratios tipo-token. Y compararon las secuencias auriñacienses con las tablillas protocuneiformes de la fase Uruk V (~3500–3350 a.C.), el sistema de signos más antiguo que la historiografía clásica reconoce como umbral de la escritura.

El resultado: las secuencias paleolíticas tienen baja entropía (estructura altamente predecible) y altas tasas de repetición —casi idénticas a las tablillas Uruk V. La longitud mediana de las secuencias es de ~8 signos, frente a los ~7 de Uruk V. La escritura moderna promedia ~28 signos con mucha mayor variedad. Además, los patrones son selectivos: las cruces nunca aparecen sobre figuras humanas; los puntos nunca se graban en herramientas; las cruces adornan sistemáticamente figuras de animales. Patrones que se mantuvieron estables durante aproximadamente 10.000 años.

Bentz y Dutkiewicz no dijeron: «Esto es escritura». Dijeron: «Estos signos muestran las mismas propiedades estadísticas que el protocuneiforme». El fenómeno que describen no es nuevo. Lo que es nuevo es el lenguaje con el que lo describen: no ontología, sino métrica. No «¿qué es escritura?», sino «¿qué propiedades tiene este sistema?».

Y esa diferencia —que parece técnica— es profundamente política.


Sociología del conocimiento: lo que se puede publicar y lo que no

Cuando discutes sobre «escritura», entras en ontología. Y cuando entras en ontología en arqueología, entras en territorio minado. Cada escuela tiene su definición blindada, su tradición, sus guardianes. «Escritura» es un concepto-frontera que separa la prehistoria de la historia, lo «primitivo» de lo «civilizado», la oralidad del registro. Tocar esa frontera activa todos los mecanismos de defensa del paradigma.

Pero cuando mides densidad informativa, entropía y patrones de repetición estadísticamente distinguibles del azar, estás hablando de propiedades del sistema, no de esencias. No necesitas ganar la batalla ontológica para publicar en PNAS. Necesitas datos cuantificables.

Esto es sociología del conocimiento contemporáneo en estado puro: el mismo fenómeno empírico puede ser visible o invisible según el lenguaje con el que se formule. Bentz y Dutkiewicz no descubrieron nada que no existiera antes en el registro arqueológico. Lo tradujeron a un idioma que la comunidad científica puede procesar sin crisis existencial.

Genevieve von Petzinger ya había documentado 32 signos geométricos recurrentes en cuevas de toda Europa, abarcando un periodo de 30.000 años, con un patrón de uso que sugería convencionalidad. Su charla TED de 2015 acumuló más de dos millones de visualizaciones. Su libro The First Signs (2016) planteaba las preguntas correctas. Pero su trabajo era fundamentalmente descriptivo y catalogador. Bentz añade la dimensión computacional: no solo documenta la recurrencia, sino que la cuantifica y la compara con sistemas reconocidos.

Y hay otra investigadora que llevaba décadas señalando exactamente en esta dirección, pero que fue descartada. Porque usó la palabra equivocada.


Ana María Vázquez Hoys: proto-escritura en la Península Ibérica antes que nadie

Ana María Vázquez Hoys, profesora de Historia Antigua en la UNED, argumentó desde los años 90 y 2000 que los signos grabados sobre herramientas megalíticas del Museo de Huelva —datables en el IV-III milenio a.C.— constituían formas de escritura anteriores a las que el paradigma reconocía para la Península Ibérica. En su artículo «Signs of Writing in Megalithic Context of the Province of Huelva» (2005), distinguió dos tipos de escritura que denominó Lineal 1 y Lineal 2. Fue más lejos: sostuvo que Europa no había sido receptora pasiva de la escritura desde Oriente, sino que existían sistemas de signos propios con una cronología mucho más profunda.

La reacción fue previsible. No fue solo que sus hipótesis tuvieran puntos vulnerables —la dirección del flujo cultural, el uso quizás demasiado literal de fuentes clásicas—. Fue que cometió tres pecados imperdonables en la economía del conocimiento académico:

Primero, usó la palabra prohibida. «Escritura» activa todos los anticuerpos del paradigma. Si hubiera hablado de «sistemas simbólicos complejos» o «notación convencional» —como hace Bentz treinta años después—, quizás habría encontrado espacio para publicar, para ser discutida en lugar de descartada.

Segundo, no tenía las herramientas. Su trabajo era intuitivo y descriptivo. En su época, era lo único que se podía hacer. Pero la disciplina ha girado hacia lo cuantificable, lo computacional, lo que puede ser «evidencia» en el sentido fuerte. Ella tenía la hipótesis; Bentz tiene la prueba estadística. La intuición correcta sin el método disponible para demostrarla es, en la práctica académica, indistinguible de la especulación.

Tercero, provenía del lugar equivocado. La UNED. España. En español. Sin conexiones con las redes anglosajonas de publicación y difusión. Von Petzinger, haciendo trabajo compatible, tuvo acceso a TED, a Simon & Schuster, a traducción inmediata al inglés. La geopolítica de la producción académica no es una metáfora: es una estructura material que determina qué conocimiento circula y cuál se queda en un homenaje departamental de 2005 que casi nadie leerá.

La pregunta ético-epistemológica que esto abre no es trivial: ¿cómo evaluamos el conocimiento cuando el método disponible es insuficiente para demostrar lo que la intuición señala correctamente? ¿Cuántas Vázquez Hoys ha habido en la historia de la disciplina? ¿Cuántas intuiciones legítimas fueron descartadas no por falsas, sino por inadecuadamente formuladas, por carecer de las herramientas que aún no existían, por provenir de la periferia del sistema académico global?


Marija Gimbutas: lo que realmente dijo y lo que dicen que dijo

El caso de Vázquez Hoys no es un episodio aislado. Es parte de un patrón recurrente en la historia de la arqueología, y para entenderlo conviene detenerse brevemente en Marija Gimbutas, porque el mecanismo de distorsión que sufrió su obra es casi un caso de laboratorio de sociología del conocimiento. Un análisis en profundidad de su legado merece un artículo aparte; aquí me limito a señalar lo estrictamente necesario para el argumento.

Gimbutas (1921–1994), lituana de nacimiento, arqueóloga formada en la tradición centroeuropea, formuló la hipótesis Kurgan en los años 50 y la desarrolló durante tres décadas de excavaciones en el sureste de Europa. Lo que hizo fue fundamentalmente arqueológico: identificó un cambio masivo en la cultura material del registro europeo entre el V y el III milenio a.C.

El núcleo de su trabajo es la documentación de una transformación profunda. Antes de las migraciones esteparias, las comunidades neolíticas del sureste de Europa —lo que Gimbutas bautizó como la «Vieja Europa»— eran sociedades sedentarias, agrícolas, con asentamientos de larga duración, una producción cerámica extraordinaria y un universo iconográfico dominado por figuras femeninas, animales y motivos abstractos. Después, el registro cambia radicalmente: aparecen los túmulos funerarios (kurganes), cambia la organización del espacio, se transforman los patrones de enterramiento, emerge una iconografía distinta.

En el centro de esa transformación, dos elementos materiales que Gimbutas identificó con precisión: el caballo domesticado y la rueda. No como metáforas, sino como tecnologías que alteraron las posibilidades logísticas, militares y económicas de las poblaciones esteparias. Su metodología era la de los años 60: excavación estratigráfica, tipología cerámica, análisis de patrones de asentamiento, lectura comparativa de iconografía. Era arqueología de campo rigurosa dentro de los estándares de su época. Y su hipótesis central —que hubo migraciones masivas desde las estepas pónticas que transformaron radicalmente la Europa neolítica— ha sido espectacularmente confirmada por los estudios de ADN antiguo de las dos últimas décadas. Los trabajos de David Reich, de Morten Allentoft, de Wolfgang Haak y sus equipos han demostrado que entre el 3000 y el 2500 a.C. se produjo un reemplazo genético masivo en Europa occidental, con hasta un 75% de recambio en el cromosoma Y en algunas regiones. La genética ha hecho por Gimbutas lo que la estadística ha hecho por los signos paleolíticos: proporcionar la prueba cuantitativa que la intuición arqueológica había señalado correctamente.

Pero aquí viene la distorsión, y tiene dos capas.

Primera capa: lo que Gimbutas dijo. Describió las sociedades de la Vieja Europa como matrifocales y matrilineales, con un sistema simbólico centrado en figuras femeninas. Nunca —y esto hay que subrayarlo con toda la fuerza necesaria— afirmó la existencia de un matriarcado político en el sentido de un gobierno ejercido por mujeres como inversión simétrica del patriarcado. Lo que describió fueron redes de parentesco organizadas en torno a la línea materna, prácticas rituales centradas en la fertilidad y la regeneración, y una iconografía abrumadoramente femenina en el registro material. «Matrifocal» y «matrilineal» no son «matriarcado». La diferencia no es de matiz: es categorial.

Segunda capa: lo que dicen que dijo. La divulgación ha convertido la obra de Gimbutas en un relato que ella nunca formuló: «Existió un matriarcado pacífico y armonioso que fue destruido por los patriarcales jinetes de las estepas». Esta caricatura cumple una función narrativa potente en el discurso mediático contemporáneo, pero no tiene relación con lo que Gimbutas publicó. Ella documentó un cambio de cultura material en el registro arqueológico. Describió una transformación tecnológica, económica y simbólica. No escribió un mito de origen del patriarcado.

La ironía es triple. Gimbutas fue rechazada en su momento por parte del establishment arqueológico anglosajón —Colin Renfrew cuestionó las migraciones masivas durante décadas, hasta que el ADN antiguo le dio la razón a ella—. Hoy es rechazada de nuevo, esta vez por contaminación: la apropiación neopagana y la distorsión mediática han hecho que invocar su nombre en un seminario académico requiera un acto de coraje. Y simultáneamente, la evidencia empírica no deja de confirmar los ejes centrales de su trabajo: sí hubo migraciones, sí hubo transformación cultural, sí existieron sociedades neolíticas con estructuras matrifocales. Existe una diferencia entre lo que Gimbutas publicó y lo que se le atribuye. La historia de la ciencia debería ocuparse de restaurar esa diferencia.


Valencina de la Concepción: la complejidad que no cabe en el esquema

Valencina de la Concepción es uno de los mayores yacimientos de la Edad del Cobre en Europa. Más de 450 hectáreas. Especialización artesanal en marfil, oro, ámbar, cristal de roca, cinabrio. Redes de intercambio transmediterráneas documentadas (marfil de elefante africano, ámbar posiblemente siciliano o báltico). Monumentalidad megalítica con orientaciones astronómicas precisas. Análisis isotópicos que revelan que el 52% de los individuos enterrados no eran locales. Y en 2023, la bomba: los análisis de amelogenina realizados por el equipo de García Sanjuán revelaron que el individuo enterrado con el ajuar más extraordinario del Cobre ibérico —lo que se conocía como «el hombre de marfil»— era una mujer.

La Dama del Marfil, muerta entre los 17 y los 25 años hacia el 2900–2800 a.C., fue enterrada con un ajuar sin equivalente masculino contemporáneo. No es un caso aislado: el análisis del sector PP4-Montelirio indica un patrón de liderazgo femenino asociado a objetos suntuarios y posiblemente a conocimiento esotérico o sagrado.

Valencina presenta una combinación que el esquema clásico no sabe clasificar: complejidad social altísima, pero sin escritura conocida, sin Estado formal, sin estructuras militares evidentes. El esquema decimonónico decía: complejidad social conduce a Estado, que conduce a escritura, que conduce a civilización. Valencina dice: complejidad social conduce a otra cosa.

Los propios excavadores lo reconocen explícitamente. García Sanjuán y Earle, en su estudio de 2025, admiten que los modelos etnográficos disponibles no sirven para explicar lo que encuentran. No es una jefatura. No es un Estado incipiente. No es una sociedad igualitaria. Es sui generis. Lo que García Sanjuán describe es una polity basada en una relación dialéctica entre jerarquía y comunalismo, un modo de producción «orientado al monumento» donde los lugares centrales servían para fomentar y «quemar» excedente que de otro modo podría ser capturado por líderes aspirantes. Un mecanismo activo contra la concentración de poder estatal, no un paso previo hacia él.

Uso deliberadamente los términos «matrifocal» y «matrilineal» para describir lo que emerge del registro de Valencina, igual que se usan para Çatalhöyük en Anatolia. No digo «matriarcado». Digo que las redes de parentesco, la distribución del prestigio material y la centralidad ritual orbitan en torno a mujeres. Eso es lo que dicen los datos. Ni más ni menos.


La tiranía de la analogía etnográfica

Pero si Valencina no encaja en los modelos disponibles, ¿de dónde vienen esos modelos? En gran parte, de la etnografía comparada. Y aquí es donde hace falta una crítica que la disciplina lleva décadas posponiendo.

La arqueología ha usado tradicionalmente la etnografía de pueblos actuales —los !Kung, los aborígenes australianos, los amazónicos— como modelo para interpretar el Paleolítico y el Neolítico. El razonamiento implícito es: estos grupos tienen tecnología simple, luego su cognición y organización social son análogas a las del pasado profundo. Esto es un error categorial. Se confunde similitud tecnológica con identidad cognitiva.

Los grupos etnográficos actuales no son fósiles vivientes. Han tenido exactamente los mismos 40.000 años de evolución cultural que nosotros desde el Paleolítico superior. Su tecnología puede ser materialmente simple, pero sus mentes son plenamente modernas, con lenguajes complejos, mitologías elaboradas y sistemas simbólicos desarrollados. Además, todos los grupos etnográficos conocidos han tenido contacto —directo o indirecto— con sociedades estatales. No existen «culturas prístinas» que representen un estado anterior a la historia. Los estudios etnográficos del siglo XX capturan grupos ya transformados por el contacto colonial, por enfermedades, por desplazamientos territoriales. Proyectar eso al Paleolítico es ignorar milenios de historia.

Hay un límite más profundo, de naturaleza epistemológica. Con los grupos etnográficos actuales podemos hablar. Podemos preguntarles qué significa un símbolo, qué mito asocian a un ritual, cómo organizan su parentesco. Con los humanos paleolíticos no podemos. Eso no es una diferencia menor: es un abismo. La mente humana moderna es una capacidad, no un contenido fijo. Los contenidos dependen de historia, tradición, lengua, ecología. Usar la etnografía para llenar ese vacío —decir «esto significa X porque los yanomami hacen Y»— es proyectar contenidos donde solo tenemos estructuras.

La antropología clásica operaba con la ficción del «presente etnográfico»: describir culturas como si estuvieran fuera del tiempo histórico, suspendidas en un estado atemporal que representaba una fase anterior de la humanidad. Esa ficción ya está superada dentro de la propia antropología, pero la arqueología a veces sigue usando esos materiales como si fueran datos neutros. No lo son: son construcciones teóricas de una disciplina con sus propios sesgos —funcionalismo, estructuralismo, evolución cultural— que la arqueología importa acríticamente.

H. Martin Wobst lo advirtió en 1978 con su artículo seminal sobre «la tiranía del registro etnográfico en arqueología». Alison Wylie analizó los problemas de la analogía en 1985. El propio Lewis Binford, padre de la arqueología procesual, advertía sobre las analogías no controladas. Estas críticas tienen medio siglo. Y sin embargo, la etnografía comparada sigue siendo el recurso por defecto cuando la arqueología no sabe qué hacer con lo que encuentra. El hábito es más fuerte que la epistemología.


Cognición simbólica paleolítica: medir estructura sin proyectar significado

Lo que hace diferente el momento presente no es solo la acumulación de anomalías —Valencina, Göbekli Tepe, Çatalhöyük, los signos paleolíticos de Bentz—, sino la disponibilidad de herramientas que permiten hacer algo que antes era imposible: detectar patrones sin proyectar significados.

Los análisis computacionales no preguntan «¿qué significa esto?». Preguntan «¿cómo se comporta estadísticamente este sistema?». Esa es la diferencia metodológica crucial. Bentz no necesita saber qué significaban las cruces grabadas en los caballos auriñacienses para demostrar que su distribución no es aleatoria, que forma un sistema con propiedades medibles, que esas propiedades son estadísticamente indistinguibles de las del protocuneiforme.

Eso no elimina el límite epistémico —seguimos sin acceso a la fenomenología mental de los humanos paleolíticos—, pero permite hablar con rigor de propiedades de los sistemas en lugar de proyectar significados etnográficos. La arqueología puede, por primera vez, hablar desde sus propios datos sin recurrir a préstamos interpretativos de otras disciplinas.

Lo que Vázquez Hoys intuía en los 90, lo que von Petzinger catalogaba en 2016, lo que Bentz demuestra en 2026, forma una línea que no es cronológica sino metodológica: de la intuición descriptiva a la prueba estadística. La democratización de las herramientas computacionales —desde la lingüística computacional hasta el análisis estadístico de corpus de signos— no es un detalle técnico: es una transformación epistemológica que está redefiniendo qué preguntas puede hacerse la prehistoria.


El origen de la escritura: el error categorial que sostiene todo el edificio

El error del paradigma clásico no es cronológico. Es categorial.

No se equivoca en las fechas de la escritura fonética. Se equivoca al identificar «escritura» con «representación del habla» y al situar ahí —y solo ahí— el origen de la externalización simbólica humana.

Merlin Donald, en Origins of the Modern Mind (1991), propuso un modelo de transiciones cognitivas que resulta más productivo que la cronología tecnoeconómica clásica para pensar estos problemas: de una cultura episódica (primates), a una cultura mimética (Homo erectus), a una cultura mítica (lenguaje narrativo), a una cultura teórica (escritura, abstracción formal). Lo que los datos de Bentz sugieren es que la transición de lo mimético a lo mítico —la capacidad de codificar información de forma convencional y transmitirla— no esperó al Neolítico ni al Estado. Estaba operativa hace 40.000 años. Y lo que Valencina demuestra es que la complejidad social no necesita llegar a la cultura teórica —a la escritura fonética— para alcanzar grados extraordinarios de organización, especialización y conectividad.

Lo que había antes del cuneiforme no es «pre-escritura» en sentido teleológico, como si estuviera esperando a convertirse en algo más avanzado. Es otra cosa: sistemas de codificación visual con funciones distintas —rituales, mnemotécnicas, identitarias, posiblemente astronómicas— que no evolucionan hacia la escritura fonética, sino que coexisten con ella cuando esta aparece. Los signos paleolíticos no son el embrión del cuneiforme. Son sistemas completos en sí mismos, con sus propias reglas, que funcionaron durante decenas de miles de años. El cuneiforme no es su madurez. Es otra invención, que aprovecha capacidades cognitivas ya existentes pero las orienta a fines distintos —administrativos primero, lingüísticos después—.

Si aceptamos que existen sistemas de signos convencionales desde hace 40.000 años, sistemas notacionales posiblemente desde el Paleolítico medio, sistemas de representación figurativa desde al menos 45.000 años, y sistemas que combinan lo figurativo con lo abstracto —como las extraordinarias placas-búho de Valencina, que presentan grabados geométricos sobre soportes con forma de ave—, entonces la pregunta «¿cuándo empieza la escritura?» se vuelve casi irrelevante.

La pregunta relevante es otra: ¿cuándo empiezan los humanos a externalizar información de forma estructurada y convencional?

Y esa pregunta tiene respuestas cada vez más antiguas.


La pregunta que nadie quiere hacer

Si la mente simbólica precede en decenas de miles de años al Estado y a la agricultura, si la capacidad de codificar información visualmente y transmitirla convencionalmente a través de generaciones es un fenómeno profundo y diverso que no depende de la complejidad institucional, entonces quizás deberíamos redefinir «civilización».

No como fenómeno político —ciudades, Estados, ejércitos, burocracia—, sino como fenómeno cognitivo: la capacidad de externalizar información de forma estructurada y transmitirla convencionalmente a través del tiempo.

Si redefinimos así, los sapiens del Paleolítico superior ya eran civilizados. La diferencia con Mesopotamia no es cualitativa —una frontera entre «pre-civilización» y «civilización»— sino cuantitativa y funcional: qué tipo de información se codifica y con qué fines. La historia humana se unifica: no hay un «antes» y un «después» de la civilización. Hay formas de civilización que cambian, se especializan, se diversifican.

Esto no es una hipótesis arqueológica menor. Es una propuesta de reescritura completa de la narrativa de la historia humana. Una narrativa que el siglo XIX construyó sobre los pilares del evolucionismo, el positivismo y la ecuación implícita entre complejidad institucional y valor civilizatorio. Pilares que Valencina, Göbekli Tepe, Çatalhöyük y ahora Bentz & Dutkiewicz están tensionando, anomalía tras anomalía.

Lo que se está produciendo tiene elementos de un cambio de paradigma kuhniano: acumulación de anomalías, crisis del marco explicativo, emergencia de nuevas categorías, resistencia de la comunidad, cambio generacional con herramientas distintas. Lo que no es exactamente kuhniano es que el cambio no es radical ni súbito. Es un deslizamiento gradual: se redefinen categorías, se añaden precisiones, se evita la confrontación directa. El paradigma se expande para absorber las anomalías en lugar de colapsar. Más foucaultiano, quizás: cambios en el régimen de discursividad más que revolución científica.

Y mientras tanto, las Vázquez Hoys del mundo siguen en la periferia, parcialmente vindicadas por datos que no pudieron generar con las herramientas de su tiempo, citadas por nadie que publique en PNAS.


Hacia una epistemología de la prehistoria

La prehistoria no puede seguir usando la etnografía como supletorio de la fenomenología mental perdida, porque los límites cognitivos son absolutos: sin lenguaje compartido con el pasado, no hay acceso a contenidos mentales. Las nuevas herramientas computacionales permiten, por primera vez, hablar de estructuras sin proyectar significados, liberando a la arqueología de su dependencia de analogías presentes.

Lo que propongo no es abandonar la arqueología. Es usarla como caso para pensar cómo se construye el conocimiento sobre el pasado. La tensión entre la evidencia empírica y los marcos teóricos heredados del siglo XIX no es un problema técnico que se resuelva con mejores dataciones o más excavaciones. Es un problema epistemológico que requiere una intervención epistemológica.

El descubrimiento de sistemas de signos paleolíticos estadísticamente estructurados fuerza una revisión que no es meramente cronológica —adelantar fechas—, sino categorial: obliga a distinguir entre «representación del habla» (fenómeno tardío, vinculado al Estado) y «codificación visual de información» (fenómeno profundo, cognitivo, no necesariamente vinculado a la complejidad social estatal).

Valencina ilustra empíricamente la necesidad de esta distinción. Gimbutas la intuía con las herramientas de los años 60. Vázquez Hoys la formulaba con las herramientas de los 90. Bentz la demuestra con las herramientas de 2026.

La pregunta ya no es si la piedra habla. La pregunta es si la academia está dispuesta a escuchar.


Bibliografía mínima

Bentz, C. y Dutkiewicz, E. (2026). «Humans 40,000 y ago developed a system of conventional signs.» PNAS, 123(9), e2520385123.

Donald, M. (1991). Origins of the Modern Mind: Three Stages in the Evolution of Culture and Cognition. Cambridge: Harvard University Press.

García Sanjuán, L. y Earle, T. (2025). «Valencina: A Copper Age Polity.» Journal of Anthropological Archaeology.

García Sanjuán, L. et al. (2023). «Amelogenin peptide analyses reveal female leadership in Copper Age Iberia (c. 2900–2650 BC).» Scientific Reports, 13, 9741.

García Sanjuán, L., Montero Artús, R., Shaw Evangelista, L. et al. (2026). «From bone chemistry to human demography: Uncovering Copper Age society at Valencina (c. 2900–2650 BC).» Journal of Archaeological Science: Reports, 69, 105532.

Gimbutas, M. (1991). The Civilization of the Goddess: The World of Old Europe. San Francisco: HarperCollins.

Negro, J. J. et al. (2022). «Owl-like plaques of the Copper Age and the involvement of children.» Scientific Reports, 12, 19227.

Vázquez Hoys, A. M. (2005). «Signs of Writing in Megalithic Context of the Province of Huelva (Spain).» En Homenaje a María José López de Ayala y Genovés, pp. 869-885.

Von Petzinger, G. (2016). The First Signs: Unlocking the Mysteries of the World’s Oldest Symbols. New York: Atria Books.

Wobst, H. M. (1978). «The Archaeo-Ethnology of Hunter-Gatherers or the Tyranny of the Ethnographic Record in Archaeology.» American Antiquity, 43(2), 303-309.

Wylie, A. (1985). «The Reaction Against Analogy.» Advances in Archaeological Method and Theory, 8, 63-111.

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